LOS ÚLTIMOS CAÑONAZOS DEL GENERAL FRANCÉS
En septiembre de 1996, la Premier League dio la
bienvenida a un tipo que no reunía las características del manager que
imperaba en las islas. Sustituyó a Bruce Rioch, un técnico inglés y de
nacionalidad escocesa que solamente duró en el cargo una temporada. Su aspecto
de docente y su metodología causaron estupor entre sus colegas de profesión e,
incluso, entre las leyendas del Arsenal. Su máximo valedor, David Dein, recibió
muchas críticas por apostar por un foráneo sin apenas experiencia en el fútbol
europeo. Un período infructuoso en el Nancy y una errática etapa en el AS
Mónaco no eran avales suficientes para afrontar un reto de tanta envergadura. El
vicepresidente del club del norte de Londres, un hombre muy respetado en las
altas esferas de la federación, viajó expresamente a Japón, donde ejercía de
entrenador en el Nagoya Grampus Eight, para convencerle de que ocupara un
puesto que en años anteriores cotizaba a la baja. Dein estaba harto de un
cántico (boring, boring Arsenal) que retumbaba en sus oídos incesantemente y
que salía de las gargantas de sus propios hinchas mientras George Graham
impartía sus tácticas ultradefensivas.
La rueda de prensa de la presentación de Arsène Wenger en
Highbury Park levantó una enorme expectación. Fue el principio de una
revolucionaria era en un fútbol peculiar y con unos hábitos muy tradicionales.
El alsaciano implantó sus ideas en un equipo habituado a los rigores del juego
aéreo. Insufló aire fresco y cosmopolita a un equipo con unos roles muy
específicos de jugadores con una gran jerarquía. Tony Adams, Steve Bould, Paul
Merson o Ian Wright eran escépticos con respecto a la filosofía que ese hombre
espigado y con gafas quería implantar en un vestuario con valores totalmente
antagónicos. Instauró una estricta dieta y empezó a usar métodos científicos
para mejorar el rendimiento. Pero lo que más sorprendió fue su rechazo al
alcohol. Adams y Merson, reconocidos adictos a la bebida, no digerieron con
agrado esta imposición. Sin embargo, no tenían otra alternativa. O aceptaban
sus normas o finalizaban sus días como gunners en el ostracismo. Finalmente
se rindieron al refinamiento de un estilo que recordaba, con distintos matices,
al passing game que practicaba el Liverpool en los años setenta y ochenta.
El toque elegante se imponía en una plantilla
ensombrecida por el poderío y resurgimiento de un Manchester United capitaneado
por un sargento escocés de clase obrera. Tras ocho años de sequía (memorable
aquel gol de Michael Thomas en Anfield en 1989), Wenger alzó el primero de sus
tres únicos trofeos ligueros. Comenzó a forjar un equipo con nombres que,
posteriormente, escribieron una de las historias más emotivas de la Premier
League. En la temporada 2003/2004 no conocieron la derrota en las 38 batallas
que afrontaron y la prensa especializada popularizó el apodo de Los
invencibles. Thierry Henry, Patrick Vieira, Robert Pires, Dennis Bergkamp,
Fredick Ljunberg, Jens Lehmann, Sol Campbell, Sylvain Wiltord y compañía escenificaban
la esencia de un juego preciosista que se desmarcaba de las líneas más
conservadoras de los clubes de perfil medio y bajo. Este fue el punto de
inflexión de un club que comenzaba a mirar con lupa sus balances económicos.
Una política de ahorro en grandes contrataciones suponía un serio revés para
poder competir con las dos instituciones de Mánchester y el Chelsea. La
vulnerabilidad en el mercado era notoria. ¿Cuál era la alternativa en la estrategia
de fichajes? Abrir paso a los jóvenes, concederles protagonismo y obtener un
importante rédito con sus ventas. La escasa ambición de los cañoneros
precipitó la salida de su goleador Robie van Persie, rumbo a Old Trafford. Este
hecho provocó un estallido en el Emirates. La paciencia dejó de ser una virtud
entre los aficionados de la entidad londinense. Su único consuelo era la consecución de tres FA Cups en los
últimos cuatro años y la participación durante dieciocho temporadas
consecutivas en la Champions League.
El debate sobre la
salida del sempiterno técnico galo está abierto a pesar de su reciente
renovación. Su liderazgo se ha puesto en entredicho y no son pocos los que cuestionan
sus ideas. "Por amor a Dios, Arsène,
se acabó. Lo que estás haciendo es destruir tu legado. Ha llegado el momento de
hacer lo correcto", escribió en twitter el polémico periodista Piers
Morgan, un hincha declarado del Arsenal. En unas horas se producirá otro
desolador episodio. Alexis Sánchez, el referente de un conjunto a la deriva, se
disfrazará durante los próximos tres años y medio de “diablo rojo”. Wenger no
logró convencer al mago chileno para que formara parte de su desgastado
proyecto. Eso sí, recibirá una compensación. El discutido futbolista armenio Henrikh
Mkhitaryan, con un trato exquisito por el balón, realizará el trayecto inverso.
Nadie duda de sus cualidades, pero su incorporación no es atractiva por su
escasa e irregular aportación al United. En cambio, el codiciado delantero
gabonés Pierre Emerick Aubameyang, en rebeldía con el Borussia Dortmund, es la
única alternativa para suplir con ciertas garantías a la estrella sudamericana.
Los franceses Lacazette y Giroud tienen la pólvora mojada. En definitiva, no
convencen. Y las opciones de encontrar un diamante en bruto se reducen considerablemente. Esta es la última
oportunidad de redimirse de las críticas del hombre que batió hace tres semanas
los registros en longevidad (813 partidos en la Premier) de su homólogo, ya
retirado, Sir Alex Ferguson.





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