LA OSCURA Y TRÁGICA VIDA DE IAN CURTIS

Netflix se ha convertido en mi mejor aliado en los períodos de soledad y nostalgia. Esta plataforma ofrece, de forma periódica, películas y documentales muy interesantes que en años anteriores pasaron delante de mis ojos como estrellas fugaces. Una de ellas ofrecía diversos y atractivos componentes para el aficionado a las autobiografías y, sobre todo, a las historias musicales. Hace diez años, el director y fotógrafo holandés Anton Corbijn se inspiró, en su aclamada película "Control", en la biografía oficial del cantante Ian Curtis, escrita por su viuda Deborah Curtis en 1995, titulada "Touching from a distance: Ian Curtis and Joy Division". Una historia, en estricto blanco y negro, de un amor trágico de un tipo siniestro y de una extrema complejidad que se enredó en una relación extramatrimonial, y cuya vida giraba en torno a las drogas, a su acuciante depresión y a sus inevitables episodios epilépticos.



Su vida transcurre en Macclesfield, en el condado de Chesire, muy cerca de Mánchester, un lugar lúgubre donde se concentran jóvenes talentosos con ganas de mostrar al mundo su forma de concebir la música. Veinteañeros de clase media que se pagaban sus caprichos, básicamente alcohol, con trabajos temporales. Sus aspiraciones profesionales no eran nada ambiciosas. Pero en un abrir y cerrar de ojos cuatro de ellos se plantearon el reto de subir a un escenario y mostrar sus cualidades. Y el impacto fue total. Eran objeto de veneración, sobre todo porque muchas almas sensibles se identificaban con sus letras y melodías. Desde entonces se convirtieron en la primera banda del movimiento post-punk en enfatizar el estado de ánimo y en sugerir visiones de vidas sin esperanza. Curtis cantaba como un profeta de la desolación. Sus palabras eran impactantes, angustiosas y desesperantes. El desamor era principalmente el mensaje en sus canciones, visualizadas a través de sus intempestivos y espasmódicos movimientos de su cuerpo. Un estilo de baile muy personal que evocaba los propios ataques de epilepsia que padecía y que metabolizaban en pesadillas.



 

Joy Division, nombre usado por los nazis para llamar a las prisioneras que usaban como prostitutas, bebía en la cultura de la Europa continental. En el grupo anterior, Warsaw, se utilizaron imágenes de un tamborilero de las Juventudes Hitlerianas y de un soldado alemán encañonando a un niño judío. El oscuro y tenebroso sonido de la banda cautivó a Tony Wilson, mítico periodista y fundador del sello discográfico Factory Records. Incluso firmó el contrato con su propia sangre para asegurarle al grupo que iban a gozar de una total libertad creativa. Esta lealtad mutua se confirmó tras la publicación de su primer disco, "Unknown pleasures". El éxito apabullante en todo el Reino Unido de este trabajo, con cientos de miles de copias, traspasó fronteras y sedujo a la prestigiosa Warner Bros americana. La oferta era irrechazable: un millón de dólares para distribuirlo en Estados Unidos. Lo más sorprendente fue que no hubo respuesta.


Meses después, tras una gira por varios países europeos, el cuarteto grabó el material de su segundo álbum, "Closer", que significó su consagración definitiva, así como la ratificación de las dotes de Curtis como vocalista y letrista. Pero lamentablemente su estado mental empeoraba progresivamente. Los fármacos que debía tomar diariamente para controlar sus ataques epilépticos le ocasionaron un severo cuadro de bipolaridad anímica. Y si a ello se le añade su deteriorada relación con su esposa Deborah y su pequeña hija, motivada por su inquietante relación con una joven belga, Annik Honoré, que conoció en uno de sus conciertos, la vida de este genio no era nada esperanzadora.




Sobre un escenario, la tormentosa cabeza de Curtis reflejaba en los paisajes sonoros de sus temas, plagados de referencias literarias, que caminaba sin rumbo. Ninguna banda capturó e intensificó un halo tan tétrico como Joy Division. Su música era oscura y profunda. La vulnerabilidad y fragilidad en la vida del joven poeta de Mánchester eran la máxima expresión de su desesperación y angustia por no poder controlar la ira que invadía su cuerpo.


Dos meses antes de la publicación de su segundo trabajo y un día antes de su esperadísima gira por los Estados Unidos, su locura lo condujo al suicidio. Envuelto en la soledad. En su propia casa. Después de ver íntegra la película "Stroszek", del cineasta alemán Werner Herzog, en un canal de la televisión británica. Justo la peor historia que podía ver en esa situación. Se trataba de la narración cinematográfica de un artista callejero que viajó a los Estados Unidos y que no fue capaz de elegir entre ninguna de sus dos amantes. Su destino final fue estremecedor: el suicidio. Ian ya había asumido que su muerte era cuestión de horas. Mientras escuchaba "Sister Midnight" de su idolatrado Iggy Pop, del álbum "The Idiot", puso punto y final a su atormentada vida y, sobre todo, a las catedrales de pesadillas que construyó hasta los 23 años de edad. Curiosamente, la carátula del segundo disco, obra del diseñador Peter Saville y elegida por el propio Curtis, mostraba la hermosa fachada de un sepulcro. En su tumba se inscribió el epitafio "Love will tear us apart" ("El amor nos destrozará"), escogido personalmente por su propia esposa, y, sin duda, el tema más conocido de Joy Division.



  
La banda mancuniana publicó dos discos escalofriantes, "Unknown pleasures" y "Closer", con canciones tenebrosas, en ocasiones asfixiantes, que hipnotizaban y hechizaban por sus letras y la energía que desprendían sus intérpretes. Con el paso del tiempo se convirtieron en objeto de culto y, a pesar de su efímero recorrido, han sobrevivido a las distintas modas hasta el día de hoy. Peter Hook, Bernard Sumner y Stephen Morris continuaron experimentando musicalmente y se reinventaron formando otro grupo, New Order, otra de las referencias anglosajonas de la escena indie durante la década de los ochenta y noventa.

Sigo sin entender por qué Ian Curtis decidió emprender otro viaje sin la compañía de sus compañeros, ávidos de nuevas experiencias lejos del deprimente paisaje del noroeste del Reino Unido. Precisamente en el punto más álgido de un grupo que dejó una huella imborrable en la historia de la música pop y, también, en la historia de la poesía. Nadie pudo impedir que sus abismos emocionales se convirtieran en tragedia. Eso sí, su muerte no sorprendió a nadie. No eran músicos que destacaran individualmente, pero lograron la mágica fórmula de mostrar la belleza con un discurso caótico y desolador de forma absolutamente brillante.





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