FC ST. PAULI, "UNA RARA AVIS" EN EL FÚTBOL MODERNO
Los libros sobre fútbol están adquiriendo popularidad en
nuestro país en los últimos años. Experiencias de exfutbolistas y exentrenadores
cuyas trayectorias han suscitado la atención de millones de personas. En el
Reino Unido es una cultura que está muy arraigada desde los años ochenta.
Incluso hooligans con un amplio historial delictivo han convertido sus
vivencias en auténticos best sellers. Siempre me ha fascinado conocer la
faceta menos futbolística de un deporte que suele recoger historias oscuras e
intrigantes. En las pasadas Navidades cayó en mis manos “St. Pauli. Otro fútbol
es posible”. Apenas conocía la idiosincrasia de un club que ha logrado
sobrevivir en las aguas pantanosas de las divisiones inferiores a la
Bundesliga.
Originario de la ciudad portuaria de Hamburgo, es un club
potencialmente atractivo para antifascistas, antirracistas y antihomófobos. El
libro narra la historia de una entidad que se fundó en 1910 y a la que se le estiman
20 millones de seguidores en todo el mundo, a pesar de no haber ganado nunca un
gran título y de haber alcanzado su cénit en 1989 con un décimo puesto en la
máxima categoría profesional. En este curso ha lidiado con el descenso.
Tradicionalmente ha coqueteado con los ascensos y descensos, pero sus líneas de
acción corresponden más a las de un partido político que a las de una
organización futbolística. Cada 15 días, en su fortaleza, el Millerntor Stadion,
se concentran anarquistas, comunistas, okupas, punks, gente desfavorecida y
refugiados. El lugar perfecto para defender unos valores y, sobre todo, para rechazar
cualquier atisbo de violencia que es atribuida a la ultraderecha. Una
declaración de principios que se materializó en la prohibición de cualquier
actividad de índole fascista. Lo tiene en su ADN. Una hinchada antisistema,
revolucionaria y rebelde que es militante de una institución ubicada en un
barrio donde predominan la prostitución y una simbología muy peculiar. Portan
con orgullo una bandera negra con dos tibias cruzadas y una calavera. La seña
de identidad de los piratas. Los más fieles representantes de los pobres en
contraposición a la opulencia de los más poderosos como el Bayern de Múnich.
En la actualidad, el club genera 8 millones de euros con la explotación de todos sus artículos de merchandising. El dato que más impacta y que para muchos hinchas de otros equipos resulta sonrojante es que vende más abonos de temporada que equipos tradicionales como el Werder Bremen, Wolfsburgo o Borussia Mönchengladbach. Este éxito ha roto fronteras y ha provocado que, por ejemplo, la bandera pirata sea más famosa que la del propio club. Aunque el equipo fuerte de la ciudad marinera sea el Hamburgo SV –único club que no ha descendido de la Bundesliga y una de las instituciones más fuertes en Europa durante los años ochenta–, tanto las propias banderas piratas como las camisetas se visibilizan en todos los rincones. No hay afán de notoriedad sino una reivindicación que se fundamenta en el romanticismo ante la explotación de un fútbol vacío y comercial. Sin duda, es la perfecta alternativa para quienes creen que seguir al grande, rico y exitoso Bayern de Múnich es demasiado fácil. Una de las inscripciones de esta humilde entidad resume su idiosincrasia en su museo: “Nosotros no tenemos objetos de plata que mostrar”.
El mensaje social y rebelde que propaga con vehemencia ha
decantado también obras de caridad, y ha impulsado proyectos como el de la
producción de miel en su estadio, con la idea de proteger y aumentar la
población de abejas en el mundo. Otra de las iniciativas más llamativas para
recaudar dinero fue instalar dispensadores de agua potable en algunas escuelas
de Cuba. Toda una declaración de intenciones de un club donde sus aficionados
son el eje y en el que importa más defender unos valores que el precio que hay
que pagar por obtener victorias y trofeos. Ewald Lienen, exentrenador del
Tenerife hace exactamente tres lustros, y sus jugadores asumen sin rechistar
una filosofía de vida inusual en el fútbol moderno. Lo apoyan y dan el visto
bueno. Hay un respeto del futbolista hacia la grada y viceversa. Es una
relación que permanece tanto en las buenas como en las malas.
La música es otro de los elementos distintivos en el
barrio de la ciudad del Elba. El rock se respira con intensidad. Como ejemplo,
en cada aparición del equipo al césped suenan los impactantes riffs de Hells Bells de AC/DC, y cada vez que hay un gol se escucha el
divertido ritmo de Song 2, de la banda británica Blur. Incluso The
Beatles iniciaron allí su carrera internacional como aseveró en una ocasión
John Lennon: “No crecí en Liverpool, crecí en Hamburgo”.





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