LA RATONERA DE HILLSBOROUGH

El 15 de abril de 1989 Inglaterra enmudeció. Todo el país entró en estado de shock. Se disputaba ese día una de las dos semifinales de la FA Cup entre el Liverpool y el Nottingham Forest, el torneo de fútbol más antiguo del mundo. Sheffield, una ciudad industrial cuya economía está históricamente basada en la producción de acero, albergó un acontecimiento deportivo que históricamente ha alcanzado cotas de popularidad inimaginables para los supporters ingleses. Allí, en el sur de Yorkshire, se daban cita diferentes generaciones de aficionados de ambos clubes para ser testigos de una tarde inolvidable. Sin embargo, nadie imaginaba que Hillsborough sería una trampa mortal para varios de ellos, sobre todo para los fieles seguidores del equipo de Merseyside. Ha sido el episodio más trágico del fútbol británico. El balance de muertos por aplastamiento fue devastador. 96 personas, de edades comprendidas entre los 10 y 67 años, se convirtieron en víctimas de un homicidio imprudente, atribuible a la policía. Además, más de 700 heridos sufrieron las consecuencias de una cadena de decisiones erróneas que pudieron ser evitables. Este es el veredicto de un jurado formado por seis mujeres y tres hombres tras una larga e incesante lucha de los familiares, enojados por las mentiras que se vertieron sobre los hinchas, acusados por su comportamiento y por su estado de embriaguez.



El 12 de septiembre de 2012, tras años de litigios y movilización ciudadana, una comisión de investigación independiente concluyó que la policía fue responsable de dicha tragedia al haber estado a cargo de la seguridad del estadio ese día. Había aportado nuevas pruebas que exoneraban de cualquier responsabilidad a los que tildaban de hooligans. Hace unos meses la fiscalía británica inculpó a seis personas de homicidio, entre ellos a David Duckenfield, inspector jefe, ascendido solamente tres semanas antes de aquel fatídico suceso y sin experiencia en grandes eventos deportivos. Su intervención, tan funesta, provocó una estampida mortal. Durante 27 años no entonó el mea culpa, se negó a asumir su responsabilidad a pesar de que se destaparon innumerables negligencias cometidas antes, durante y después de aquel inexplicable suceso. Se reveló que una extensa trama de corrupción policial había envenenado la investigación para eludir los cargos y culpar a los aficionados de su propia muerte. Los altos mandos manipularon hasta 238 declaraciones de sus agentes, incluso hubo evidencias de pinchazos telefónicos a los familiares de las víctimas y algunos testigos denunciaron coacciones para cambiar su confesión. La campaña de difamación contra los seguidores reds fue brutal: se ordenó un análisis de sangre en busca de rastros de alcohol y un registro de antecedentes criminales. Pero lo que realmente indignó a la ciudad de Liverpool era que la prensa, en connivencia con el Gobierno de Margaret Thatcher, culpaba a los malditos scousers (con un uso peyorativo en muchas ocasiones) de su propio destino.




Cuatro días después del drama, el rotativo sensacionalista The Sun, propiedad del magnate australiano Rupert Murdoch, dedicaba su portada con un artículo contundente titulado "The truth" ("La verdad"), donde acusaba a los hinchas de Anfield de "borrachos y sin entrada", y reveló cómo habían atacado a la policía y desvalijado a las víctimas aplastadas por la avalancha. Fue un golpe duro para el club y todos sus seguidores. Clamaban justicia. Querían limpiar su nombre a cualquier precio. Como Stephen Whittle, quien 22 años después de darle la entrada a un amigo, se suicidó, dejando 60.000 libras a los familiares para que continuaran reivindicando su inocencia.




Era muy fácil que se hundieran. Querían manchar la imagen de Liverpool, la ciudad de los pobres del norte de Inglaterra y de los disturbios de Toxteth, salpicada por las políticas restrictivas en materia de empleo del gobierno liderado por La Dama de Hierro. Optó por culpar a un episodio violento entre hooligans como el detonante de la tragedia de Hillsborough. En los años 80 Inglaterra vivía el auge del fenómeno de los violentos en las gradas y fuera de ellas, y solo habían pasado cuatro años desde el estremecedor capítulo de Heysel. La UEFA expulsó a todos los equipos ingleses de las competiciones europeas durante seis años por el historial delictivo de los ultras más radicales del club anglosajón. Pero las pruebas contra los más desprotegidos por aquella "masacre" eran infundadas. Dos décadas después, el entonces primer ministro británico, David Cameron, ofreció sus disculpas en la Cámara de los Comunes. E incluso David Duckenfield reconoció su responsabilidad: "Las muertes se produjeron por la aglomeración en la zona central de la grada (...) Si la gente no hubiese entrado por ese acceso (un túnel), se habrían evitado aquellas muertes (...) Me equivoqué al no darme cuenta de la necesidad de cerrar aquel acceso (...) Ese error fue la causa directa de 96 muertes".




Había muchos interrogantes sin respuesta. ¿Cómo puede un estadio no pasar controles de seguridad desde hace una década? ¿Por qué la policía solamente permitió que tres ambulancias accedieran al recinto? ¿Por qué los servicios médicos tardaron en activar el protocolo de emergencia? ¿Es normal que 23 tornos, por los que debían pasar 24.000 personas, fueran deficientes? ¿Por qué ese día había 200 policías menos que el año anterior, cuando ya se había vivido una situación crítica en las gradas en otra semifinal de la FA Cup? ¿Por qué los aficionados evacuaron a sus víctimas en vallas publicitarias?




El próximo miércoles 9 de agosto, los imputados comparecerán ante el Tribunal de Magistrados de Warrington, en la región de Lancashire, para una primera vista en su procesamiento. Se pondrá fin a casi 30 años de sufrimiento pero, sobre todo, acabará la peor pesadilla en la historia del Liverpool.







  

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