LA RISA SARCÁSTICA DE BÉLA GUTTMANN DESDE EL CIELO
"Sin mí, el Benfica no ganará un título europeo en
100 años". Béla Guttmann se despidió del club luso con esta frase lapidaria
que, durante los siguientes 55 años, ha sido repetidamente recordada después de
haber fracasado en nueve finales continentales. Unas terribles palabras que en
la actualidad siguen haciendo estragos en la capital portuguesa. De hecho, tal
es la fijación de sus actuales dirigentes en quitarse de una vez por todas la
maldición del técnico austrohúngaro, que decidió levantarle una estatua de dos
metros de altura en el estadio de Da Luz hace un par de temporadas, pero no ha
servido de nada. El motivo que desencadenó este terremoto se remonta al año
1962. Tras conquistar, de manera consecutiva, dos Copas de Europa, pidió un
aumento de sueldo pero la directiva no cedió a sus pretensiones. Esto provocó
en el magiar un anhelo vengativo. En aquel momento su sentencia fue considerada
una pataleta infantil de un hombre despechado. Sin embargo, hoy en día está
siendo una tremenda losa cuyas consecuencias han sido devastadoras en la
entidad encarnada.
Lo que debería haber sido una mera anécdota se convirtió
en la peor de las pesadillas para el Benfica en diferentes etapas. Comenzó a
tener sus efectos a finales de año, con la disputa de la Intercontinental que
se llevó el Santos de Pelé, aunque no se quiso dar mayor importancia al
maleficio de Guttmann. Al fin y al cabo, no era considerada una competición
europea. Varios meses después de su último entorchado, sucumbió en la final de
la Copa de Europa frente al Milán, y en 1965 perdería otra final contra un club
italiano, el Inter de Helenio Herrera. Dos duros golpes para una institución
perseguida por la desgracia y con una hemorragia que comenzaba a ser
incontrolable. En 1968 sufriría otro revés. En esta ocasión en Wembley frente
al Manchester United de Bobby Charlton y George Best. Y en la prórroga.
Desafortunadamente, el mal fario no quedó ahí. Las Águilas dejaron de volar
alto y siguieron perdiendo finales: la Copa de la UEFA en 1983 ante el
Anderlecht, la Copa de Europa en 1988 y 1990 frente a PSV Eindhoven y Milán,
respectivamente, y la Europa League en 2013 y 2014 contra Chelsea y Sevilla. La
última de ellas, en 2014, se produjo en una competición de un rango menor, la
Youth League (Champions League Juvenil), contra el Red Bull Salzburg.
La carrera de Béla Guttmann en los banquillos, con fama
de excelente motivador, fue la de todo un trotamundos. Trabajó con equipos de
Hungría, Italia, Chipre, Rumanía, Suiza, Grecia, Brasil, Uruguay y Argentina. Hasta
tuvo una segunda etapa con el Oporto y Benfica. Además, tuvo la oportunidad de
dirigir a la selección de Austria (su país adoptivo) en 1964. Dos años antes de
irrumpir con fuerza en Portugal, condujo a la gloria al Honvéd de Budapest, que
contaba con la mejor generación de futbolistas húngaros de la historia: Puskas,
Czibor, Grosics, Kocsis o Lorant… En una gira de esta constelación de estrellas
por Brasil, decidió quedarse en el país sudamericano y se hizo cargo del São
Paulo. Allí implantó el 4-2-4, disposición en el campo que copiaría la
selección brasileña que ganó el Mundial del 58. Ese año se consagró como
entrenador en Oporto con un fútbol vistoso e hizo a Os Dragoes campeones de liga.
En la temporada siguiente emprendió rumbo a Lisboa. Un nuevo desafío que conllevó
una profunda remodelación en la plantilla. Echó a 20 jugadores y contrató a
otros tantos jóvenes de las colonias portuguesas de la época. Por encima del
resto destacaba Mário Coluna, el primer astro africano de un equipo que estaba
forjándose un prestigio en Europa. Parte de ese éxito radicó también en la contratación
de Eusebio, previo pago de 350.000 escudos. Guttmann, estando en el barbero,
oyó hablar de un chico de Mozambique con unas características muy especiales. El
otro equipo de la ciudad y máximo rival, el Sporting, tenía muy avanzado su
fichaje. Aun así, el preparador centroeuropeo le convenció y le catapultó a la
fama con la consecución de dos grandes trofeos (1961 y 1962) ante el Real
Madrid y F.C. Barcelona. En 1973 dejó el fútbol de manera definitiva, y en
1981, a los 82 años de edad, falleció en Viena, en cuyo cementerio judío reposa
para siempre.
Nueve años más tarde, y
unas horas antes de la final de la Copa de Europa que disputaron Milán y
Benfica en el Prater de la capital austríaca, Eusebio se acercó a su tumba para
implorarle que la maldición acabase. Los rezos de La Pantera Negra fueron insuficientes
para romper un hechizo que ha sido y está siendo un quebradero de cabeza para
los seguidores benfiquistas de diferentes generaciones. El exfutbolista António
Simões desveló un dato crucial para entender a un tipo contrariado y enfadado
por el incumplimiento de una promesa del mandamás lisboeta: "Cuando él
llegó, dijo que quería poner un premio si ganaba un título europeo. El
presidente le respondió que sí pensando que seguramente no íbamos a ganar.
Finalmente ganamos y después fue un problema poder pagarle. Y, por tanto, hubo
algunas dificultades de corresponder a sus exigencias. No se quedó". Un curioso embrollo que puso en jaque a un
club con una de las aficiones más numerosas y devotas del planeta. Predijo al
coloso portugués una larga sequía. Por ahora, solo arrastra decepciones y tiene
visos de que la redención del gafe europeo no se va a producir en los próximos
45 años.



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